Creo que nunca antes había ido a las Tres Mil viviendas para contar una buena noticia. Nunca antes había grabado en ese barrio a la gente sonriendo. Siempre fue un tiroteo, una redada, un alijo, una queja vecinal... Siempre caras largas, miradas desconfiadas, siempre autocompasión y quejas contra una sociedad que vive a muchas calles de allí. Pero esta vez les ha tocado la lotería. 50 cupones de la ONCE, dos millones de euros y los vecinos saltan, ríen, cantan, bailan y hacen planes de humilde millonario.
De repente una niña pequeña se acerca a Mila, mi compañera de prácticas, y le pide una pulsera de las mil que lleva en su muñeca. La consigue con una simple sonrisa pero en seguida quiere más. Y pienso... eso no es propio de las Tres Mil viviendas, eso es propio de una niña de 4 años y da igual que sea de aquí o del barrio más pijo de Sevilla.
De repente una niña pequeña se acerca a Mila, mi compañera de prácticas, y le pide una pulsera de las mil que lleva en su muñeca. La consigue con una simple sonrisa pero en seguida quiere más. Y pienso... eso no es propio de las Tres Mil viviendas, eso es propio de una niña de 4 años y da igual que sea de aquí o del barrio más pijo de Sevilla.
Por la tarde vuelvo a la misma calle, esta vez una conexión en directo para el informativo. Ahora estamos solos... sin abrazos de alegría, ni botellas de champán, y ya no se ven muchas sonrisas. En cambio ahí sigue la basura acumulada, las pintadas amenazantes y las decenas de ventanas atrincheradas... y yo me pregunto: ¿dónde estará esa niña?
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