Cien personas en el número dos de la calle Primavera. Quizás veinte son periodistas, quizá más. Se mezclan técnicos de televisión con jóvenes de la plataforma 15M y un pequeño grupo de mayores con su propia pancarta. Hay vecinos, hay amigos, hay gente que pasaba por allí y se quedó y a la vuelta de la esquina se aproximan las once y cuarto. Es la hora del desahucio, la que pone cruel puntualidad al final de sesenta y nueve años viviendo en la misma casa. Es la hora de que llamen a su puerta y a su puerta nadie llama.
Llega un abogado y la gente le confunde, a punto están de impedirle pasar y eso que trae la mejor de las noticias: el desahucio se ha aplazado. Hay sonrisas de periodistas en la casa de Josefa. Luego el aplauso de todos, los gritos, el megáfono, los empujones y la críticas a las cámaras que les tapan, que no les dejan ver en directo las lágrimas de alegría que brotan de una mujer agradecida.
Son las once y cuarto. Es la hora del desahucio, pero no aquí... en el número dos de la Primavera, Josefa está en la calle, pero su casa sigue siendo suya de momento.
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